Cuando pinté esta obra, fue una especie de terapia de aceptación. Una forma de intentar entender que, en la era en que nací, hubo personajes que marcaron mi propia historia y la de miles de personas.
Nací en los tiempos de El Arañero y tuve que irme de mi país, al igual que miles de compañeros. En este largo viaje lo he vivido todo: alegrías, arrecheras, frustración, superación, aprendizaje, consagración, vacío, triunfo… todo eso que le toca vivir a un inmigrante.
Pintaba incómodo. Pensaba en lo que habría sido nuestra vida si este personaje y su combo no hubiesen existido, o no hubiesen tomado el poder político de mi país. Pensé en muchas cosas que seguramente pensamos todos, pero también entendí que, gracias a la adversidad, somos lo que somos hoy.
Y por más heridos que estuvimos —o que estemos— seguimos siendo capaces de ser felices, aunque el viento nos cambie la dirección a cada rato. Tanto el que está allá como el que está en cualquier lugar del mundo.
Cuando la codicia de un grupo con poder se olvida de la gente, nace el resentimiento. Cuando se pierde la empatía y el respeto por el otro, nacen los caudillos: personajes narcisistas, carismáticos y populistas, capaces de hacer cualquier cosa por mantenerse en el poder, valiéndose del dolor y las carencias de la gente.
No pinto a este personaje para glorificarlo ni para condenarlo, sino para mirar de frente, y sin miedo, una parte de mi historia, de la historia de mi país y de una generación entera.
Todo se transforma, y siempre hay un por venir.